jueves, 1 de noviembre de 2007

Dinero para Dan.



Hizo lo que pudo. Es una buena idea. Es barato. Dan tuvo un parto la última vez que por el cable pasaron Espías como nosotros. El lector de cedés brindaba las notas finales de Phospate skin, consiguiendo que se agolparan caprichosamente los recuerdos de hace de veinte años en un receptáculo muy estrecho y muy oscuro.

Gracias a una letra de amor esperanzado, las imágenes se sucedian nutridas de nuevos significados. Dan era como Jay en el año 2020. También tocaba la guitarra en el año 2007. Incluso si se conocieran podrían empatizar por medio de un sentimiento mutuo: el del hermano pequeño ignorado y minusvalorado por los allegados, familiares y amigos. Podía hablar con Daniel, hábil corrector de estilo de la revista Turn e irreductible del centeno. Tan aficionado como era a los juegos de cajas y de cubos, hallaría las conexiones menos evidentes entre los dos. Escribiría unas notas que servirían como punto de partida para una historia como la que necesitaba contar. Podía ser algo así como Rocky V mezclado con Como ser John Malcovich. Realmente, Dan prefería inclinarse por Feeling Minnesota que incluía una de sus mejores interpretaciones y que guardaba con mucho cariño.

Era gracioso que Costa-Gavras se paseara por la cinta como un soldado ruso. Seguro que además estaba loco. John Landis era un hombre que tenia muchas ideas y a veces, se lucía tanto que se colocaba y le salían artefactos simpáticos pero llenos de agujeros. Por eso, cuando Dan sale de su apartamento dispuesto a hablar con Daniel sobre su proyecto pequeño, barato y sincero, lo hace con una hoja de excel, con cuadros y flechas aclaratorias y lo que parace ser un timming del proceso de ejecución. Ahora, los tiempos son de otro color. En los ochenta, se hubiera aparecido tranquilamente en el Spanish Harlem vestido de King of Boogaloo y con un letrero en el que se leyera “Dinero para Dan”. Hoy, lleva un esquema de una página y una guitarra con tendencia a los valses de sofá.

Cruza el portal y sale a la calle. Camina por la acera de los comercios, tropezando entre los transeúntes y las cajas de fruta. Así hasta el Metro, donde no deja de tropezar, esta vez, con más prisa porque no llega. Sólo necesita cinco minutos para hablar con Daniel. Los mismos cinco que él necesita para extraer el néctar de la “idea original” y lanzar el anzuelo en una reunión improvisada con el propietario de la revista. Una emboscada como las de los setenta, cuando lo que perdías era un trabajo en una cafetería y algún que otro beso en la penumbra de una sala de cine. Entonces, con los anzuelos se lanzaban las personas, sin expectativas y sin la misma precariedad laboral.

Hoy, es el día en el que al fin y al cabo, Dan decide si vuelve o no. Todos hablan de la suerte y de estar en el lugar y momento adecuado, pero aquí ya no queda espacio ni para que se produzcan casualidades. No tiene tiempo de comerse el mundo, sólo algunos hechos consumados. Esta noche, va a llamarla con una noticia distinta: “Estoy trabajando en ello y me voy a llevar una tajada de aupa”. Ella puede que se alegre por aquellos días tan buenos. En su voz, un reconocimiento de mil errores numerados correlativamente y la transparencia de un corazón roto. “Por favor, no me pidas disculpas por lo que hiciste o dejaste de hacer”. En el ascensor sube un hombre ardiendo con una carpeta de cartón en la mano. “Ey, me acuerdo de ti”. Suspiro. Vamos, vamos, vamos.

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